Lejos de un reparto salomónico del tiempo, en casa de Josune y Mikel, gobierna el sentido común. Separados desde hace un año, optaron por la custodia compartida para hacerse cargo de su hija de cuatro años. Y están felices, aunque no niegan que el camino ha sido «muy duro».
En realidad, ni Josune ni Mikel, 41 y 37 años respectivamente, habían oído hablar de esa fórmula legal, pero sí tuvieron claro desde un principio que su hija tenía que convivir por igual con su padre y con su madre. «Se nos hacía impensable que sólo viera a su padre dos fines de semana al mes. Ni a ella ni a él les beneficiaría», cuenta ella.
Superado el mal trago de dar el primer paso para la separación, lo segundo que hicieron fue consultar con un abogado. No estaban casados, pero sí querían dejar claro el futuro de su hija. «Mi ex pareja siempre ha participado por igual en la educación de la niña. Ha hecho exactamente lo mismo que yo, así que no entendíamos por qué tenía que ser sólo uno de los dos quien se quedara con la custodia».
Fue el letrado quien les habló por primera vez de la opción legal de compartir la crianza de la pequeña. Luego pidieron consejo en la asociación de padres y madres separados de Gipuzkoa, Agipase. Y dieron con la solución. «La custodia compartida nos pareció lo más normal. Yo tengo un horario complicado, de tardes y noches, así que su padre se hacía cargo de la niña cuando yo no estaba. Le recogía en el colegio, le bañaba y le acostaba. Estaba claro que los dos teníamos que compartir las tareas», cuenta.
La buena relación que siguen manteniendo, a pesar de la ruptura, es el ingrediente «imprescindible» para que su hija pueda sobrellevar este cambio de rutina, ahora a dos bandas. «Con custodia compartida o sin ella, los padres tienen que intentar llevarse correctamente, por el bien de los hijos», afirma Josune. En su caso, viven en domicilios muy cercanos y comparten los valores básicos a la hora de tomar decisiones importantes sobre la educación de su pequeña.
Dos casas distintas
La que peor lo está pasando, quizá, haya sido la niña, admite la pareja. «Está claro que es complicado para ella. Pero lo es en todas las separaciones, porque con la ruptura se cae el mundo que se había construido, te cambia la vida. No le veo más inconvenientes a la custodia compartida que a las visitas de fin de semana». ¿Y los constantes cambios de domicilio? ¿La niña no da demasiadas vueltas? «Eso no se puede negar, pero intentamos que sea lo más llevadero posible. No tenemos un reparto a rajatabla. Todos los días está con su padre y con su madre, incluso hay veces que estamos los tres juntos. Lo que pasa es que tiene dos casas distintas», explica Josune.
«Cada pareja es un mundo», se medio disculpa anticipándose a las críticas. Aunque en el fondo no entiende esas reticencias. «Hay casos en que sería imposible. Si yo viera algún problema para la niña o desconfiara de mi marido, no lo aceptaría. Pero me parece mucha mejor opción que prohibirle a mi hija las visitas de su padre. ¿O no?».
