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Testimonio de hombres que sufren malos tratos Imprimir E-mail
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13.06.2008

Testimonio de hombres que sufren malos tratos I

En junio de 2006, temblando tras ser abofeteado y zarandeado, y soportar una avalancha de gritos e insultos delante de mi hijo de 7 años, me encontré en la calle. Acababa de huir de una situación insostenible: era el último episodio de una larga serie de vejaciones y agresiones por parte de mi pareja. Me marché ante la imposibilidad de dialogar con ella, que estaba completamente fuera de sí, y para ahorrar a mis hijos el tener que soportar aquella situación de extrema violencia, que ya habían presenciado en otras ocasiones. Era un viernes por la tarde. Llamé al 010 para pedir ayuda, y tras casi media hora al teléfono con este servicio, mi interlocutora y yo llegamos a la conclusión de que no existía organización, instancia o asociación alguna, ni casas de acogida -nada de nada- adonde podía acudir un hombre maltratado en busca de ayuda. La única sugerencia fue que pusiera una denuncia y me esperara "a que se le pasara", aunque fue medio en broma porque "ya sabemos que no servirá de nada". Lo hice: me aguanté y regresé, más que nada porque no tenía adónde recurrir. No le puse ninguna denuncia. Pero la decisión ya estaba tomada: sólo hacía falta reunir un poco de dinero para no tener que dormir debajo de un puente y esperar una nueva explosión, que sabía que no tardaría en llegar. Varios meses después, en febrero de 2007, la situación volvió a estallar, con gritos e insultos delante de mis dos hijos, lanzamiento de objetos, etc. Decidí no aguantar más tras este enésimo episodio violento y me marché de casa, poniendo fin a 11 años de matrimonio. Cuál fue mi estupor cuando al cabo de diez días se presentaron dos Mossos d'Esquadra en mi nuevo domicilio y me llevaron detenido al calabozo de Les Corts, donde pasé 24 horas en una celda cochambrosa antes de poder declarar ante la juez. Tras varias horas detenido, por fin supe de qué me acusaban: mi ex esposa me había denunciado -a "toro pasado"- por violencia doméstica, citando dos episodios que supuestamente habían ocurrido meses antes. Mientras tanto, los Mossos intentaron sacarme una declaración con alevosía, es decir, sin avisarme del derecho a que me asistiera un abogado en todo momento. Esta bonita experiencia ocurrió el Día de San Valentín. Como para guardar un buen recuerdo de tan señalada fecha… 
Según el auto de la juez, la denuncia fue "sesgada e interesada", incurriendo en múltiples contradicciones, y "poco creíble". No obstante, un año después de la denuncia tendenciosa y falsa, sigo en el registro de maltratadores y sigo sin poder ver con normalidad a mis hijos (inciso: esto lo escribí hace un par de meses, y en el interín la jueza ha sobreseído el caso y mandado que borren mis datos de la "ficha" abierta). 
Y desde luego, nadie podrá borrar de mi mente la experiencia de verme despojado hasta de mi reloj y de los cordones de mis zapatos, de tener que pasar la noche en una celda cochambrosa, con hedor a orines y heces y gritos aterradores por parte de voces anónimas procedentes de otras celdas. De que me trataran como un animal, de darme de comer en esas 24 horas apenas dos lonchas de pan blanco de molde con una fina capa de algo indescriptible en medio. De tener sed y esperar más de media hora a que me dieran un vaso de agua porque el personal "estaba demasiado ocupado" como para atender una petición tan insignificante. Y todo ello por una denuncia falsa, sin prueba alguna y sin testigo alguno que la avalara. ¿Dónde está la igualdad? ¿Y qué hay de la presunción de inocencia? 
  Martín J. Perazzo
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