
Con una pequeña radio, un móvil, un saco de dormir y las fotografÃas de sus dos hijos prendidas al pecho, Pedro Carrizo ha iniciado una marcha a pie hasta Madrid para exigir justicia y que se respete la sentencia que establece el régimen de visitas a sus pequeños cada quince dÃas.
Este asturiano de 38 años, transportista en paro y separado de su mujer desde 1999, lleva peleando cinco años para poder establecer unos vÃnculos «de relación normal» con sus hijos de seis y catorce años, a los que, según él, su ex esposa no deja ver durante las vacaciones y la mayorÃa de los fines de semana que le corresponden por ley.
Cansado de los fracasos que han cosechado sus denuncias ante los jueces, Carrizo ha decidido armar un poco de ruido mediático. Dio sus primeros pasos reivindicativos el pasado jueves dÃa 23 desde Ujo (Mieres), donde vive con su madre, y espera cubrir dieciocho etapas hasta llegar a la capital para entrevistarse con el ministro de Justicia y el Defensor del Pueblo. Sin embargo, ya se ha encontrado con el primer obstáculo: el temporal de nieve.
«El primer dÃa dormà dentro de un horreo en pleno puerto de Pajares y, la verdad, me congelé -explica-. El viernes, cuando llegué a La Pola de Gordón me encontré con que no habÃa albergues y un funcionario del Ayuntamiento me dio tres euros para que llegara hasta León, donde tengo unos familiares, porque me dijo que me iban a encontrar como un pajarÃn y, entonces, ni reivindicación ni lucha ni nada».
No obstante, la meteorologÃa sólo frenará unos dÃas el viaje de Carrizo. «Si no mejora, me da igual, yo sigo porque quiero cumplir mi objetivo. Uno ya está harto de tanta tomadura de pelo y de que archiven todas las denuncias que he formulado cada vez que no he podido ver a mis hijos. Si esto lo hiciera un padre en vez de una madre hasta le acusarÃan de maltrato psicológico», se lamenta.
De hecho, en los últimos cinco años no han sido una ni dos las denuncias que ha interpuesto ante los tribunales de Oviedo, Avilés y Mieres por el incumplimiento del régimen de visitas. Son cientos y ocupan ocho grandes carpetas que pesan 25 kilos y que explican cómo no encontró a los niños en el punto acordado cuando fue a recogerlos, cómo le cerraron las puertas, le intentaron agredir con un cuchillo de cocina y hasta la actual pareja de su ex mujer le hirió hace un mes -lleva collarÃn- y le amenazó de muerte.
Pedro reconoce que jamás pensó que la relación con su ex pareja, la venezolana Carmen J. A., se fuera «a complicar tanto». La conoció en 1998 en un local de Avilés y, tras un año de convivencia y una niña, Germana L., se casaron. Tramitó todos los papeles para reconocer como padre y traer a España al hijo de su esposa, Francisco A., pero el matrimonio no resistió, ella le dijo que no le querÃa y rompió con él a los nueve meses.
«Aún asà -puntualiza-, yo seguà ayudándola a buscar piso, a pintar y a transportar los muebles. Por eso no pensé que luego pondrÃa tantos problemas para que viera a los niños».
Secuestro internacional Entre todas las denuncias que ha sellado Carrizo y que ha visto como se archivan una tras otra sin soluciones se incluye un secuestro internacional, cuando su hijo desapareció un verano y la madre alegó que lo habÃa enviado de vacaciones a Venezuela. «La ley me ampara y ella no puede hacer lo que le venga en gana, sin consultarme e impidiéndome que pase el verano con los niños. Aún asÃ, su acción no tuvo consecuencias y me quedé sin verles, igual que ahora que el juzgado de Mieres ha prescindido del servicio psicológico y no me pueden firmar la autorización de las nuevas visitas. Llevo seis meses esperando que lo resuelvan y es vergonzoso», dice.
Esa fue la gota que colmó la paciencia del asturiano y que hizo que adoptara la decisión drástica de encaminarse a Madrid sin dinero, confiando en la caridad de los españoles con los que se cruce y sin más compañÃa que sus pensamientos y las emisoras radiofónicas. Sólo pide poder estar con sus hijos cuando le corresponde y que ellos gocen de cierta estabilidad, «porque en los últimos cinco años han cambiado de casa y de colegio seis veces, y eso no puede ser».