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19.06.2007

Mi HISTORIA (II)
Cuando Verónica, la madre de mis hijos, me comunicó en Noviembre de 2006 que iba a incumplir el convenio que firmamos de mutuo acuerdo ratificado por sentencia en el tribunal número 18 de Barcelona, no podía creerlo.

Después de haber tomado la decisión de dejarla ir a fijar su residencia en su país, no solo con el compromiso de cumplir con el acuerdo, sino dejándome claro reiteradamente que NUNCA olvidaría lo que yo estaba haciendo, y que NUNCA iba a dejar a sus hijos sin su padre. El padre de ella murió lamentablemente cuando ella tenía solo 3 años, y ella insistía en que nadie mejor que ella para saber lo que es perder a un padre, y que nunca haría eso con sus hijos.

Pues bien, lo ha hecho y lo sigue haciendo. El pasado Diciembre ante su firme amenaza de incumplimiento me fui precipitadamente a Buenos Aires aprovechando el largo puente que tenemos en España coincidiendo con el 6 y el 8, ambos festivos. Fue un viaje durísimo. Nada más llegar fui directamente a ver a mis hijos al colegio. Ambos estaban avisados de que iba a visitarlos, y estaban casi más nerviosos que yo. El reencuentro fue emocionantísimo; en el despacho de la directora vinieron los dos, primero Lucía y luego Matías. Ambos reían, me abrazaban y besaban. Yo no pude contener las lágrimas. Fui con ellos a sus respectivas clases para conocer a sus compañeritos. Después de media hora, me fui a hacer el check-in al único hotel que hay en San Fernando, donde ellos viven, y tras dejar mis cosas y asearme volví a buscarlos para llevármelos conmigo (por cierto, Hotel Jacarandá, modesto pero fantástico y comodísimo hotel donde me hicieron sentir como en casa).

Estuve allí 5 días, del 4 al 9 de Diciembre. Dedicaba las mañanas a ir a la capital, a unos 30 kilómetros, para buscar asesoramiento legal y hacer alguna otra gestión. Al medio día, sobre las 13 horas, iba a buscar a los niños y me iba con ellos de paseo toda la tarde, hasta las 20 horas aproximadamente. También intenté visitar algunos familiares y amigos de Verónica. Eran también familia de mis hijos y yo me sentía muy cercano a ellos por vivencias que habíamos tenido juntos años atrás. Sin embargo lo único que encontré fue su rechazo. La propia Verónica me decía que nadie de su entorno quería saber nada de mí. Ahí empecé a darme cuenta del trabajo que se había hecho para desprestigiar mi imagen. Nadie, ni la hermana de Verónica, ni su madre que tanto tiempo había pasado de visita en nuestra casa en España, mostró el más mínimo interés en verme. Yo había comprado un regalo para el primo de mis hijos, a quien aún no conocía, pero no tuve oportunidad de entregárselo. Ni siquiera Verónica quería dialogar conmigo para tratar de solucionar nuestras diferencias. Me remitía, una vez más, a sus abogados. De hecho al segundo día de estar allí recibí una carta-documento (burofax) donde se me comunicaba que había un proceso legal para modificar la sentencia vigente. Es decir, trataron de notificarme allá para ahorrarse el tener que hacerlo por la vía procedente, que es el exhorto internacional, siendo yo residente en otro país. Rápidamente, por internet, encontré una abogada que me ayudo a gestionar aquella situación. Ella me preparó otra carta-documento para responder a la recibida, y contactó con los abogados de Verónica para ver si aún se podía llegar a un acuerdo por el que los niños vinieran a España a mediados de Diciembre como estaba previsto. Mi propuesta, ya comunicada previamente a Verónica era reducir los tres meses que establecía nuestro acuerdo a un mes, para después, año a año, ir ampliando ese periodo en 2 semanas, hasta llegar a los 3 meses que acordamos. Ella se negaba. Cuando aquella abogada que encontré precipitadamente consigúió hablar con los suyos, la propuesta de ella era modificar el acuerdo para que los niños no vinieran más a España hasta nuevo aviso, y aumentar la pensión de alimientos a una cantidad que multiplicaba casi por 10 la pactada, y en cualquier caso superior a mi salario mensual. Yo no podía creer lo que me estaba pasando. Después de pasarme las mañanas con un estrés enorme, iba a buscar a Lucía y Matías y tratar de pasarlo bien con ellos.

Otra ocasión para darme cuenta de cómo se me había desprestigiado mi imagen fue cuando una de las tardes decidí ir a visitar al bisabuelo de los niños (abuelo paterno de Verónica). Es un hombre de casi 90 años. Vive lejos de mis hijos, por lo que imaginaba que no se veían a menudo. Además estaba convencido que la campaña de desprestigo no habría sido muy intensa con él. Así fue. Llegamos a su casa, donde vivía solo, y estuvimos un par de horas con él. Él me dijo que lo que le habían dicho era que Verónica había regresado a Argentina porque yo me había ido con otra mujer (sic). Yo solo le dije que eso no era cierto, pero que no siguiéramos hablando del tema (los niños estaban delante), y que él creyera lo que su nieta le explicaba...

También pude ver el trabajo realizado con los niños, que sobre todo había afectado a Lucía, el 8 de Diciembre. Ese día, también festivo en Argentina, fui a buscarlos a su casa y no al colegio. Pues bien, Lucía no quiso venir conmigo. Se quedó con la madre y solo me llevé a Matías. Los anteriores días, Lucía estaba encantada cuando iba a buscarlos al colegio. De hecho expresaba su cariño hacia mí más explícitamente que Matías. Pero delanten de su madre la situación era distinta. No quise darle más importancia, hasta que pasó lo del día siguiente.

Ese día, el sábado 9, yo volvía para España. Pasé por casa de Verónica para despedirme. También aproveché para darle un poder notarial donde yo autorizaba a que pudiera viajar con ellos a España unos días más tarde. Cogió el poder notarial y lo tiró en una papelera en la calle frente a su casa... Sin embargo lo peor fue que Lucía se escondió. La buscamos por la casa, hasta encontrarla y se puso a llorar con rabia. No quería acercarse a mí. Verónica salió de su casa un momento diciendo que iba a comprar el diario y me dejó unos breves minutos con los dos. Entonces le pregunté a Lucía qué le pasaba, que si papá le había hecho algo o se había portado mal. Ella no contestaba, solo lloraba. Le pregunté si quería que me fuera y ahí contesto que no; le pregunté si quería que me quedara y ahí dijo que sí. A esas alturas mi corazón estaba destrozado en pedazos, me sentí hundido. Verónica volvió a entrar en la casa. Les di un beso a mis dos hijos y me fui llorando y destrozado hacia el aeropuerto. A esas alturas no me quedaba ninguna duda de la grave situación por la que estaban pasando mis hijos, particularmente Lucía.

Yo estoy convencido de que nada se ha hecho con mala intención, que nadie les ha dicho a mis hijos que su padre es un mal padre, pero de lo que estoy pácticamente persuadido es que delante de ellos, más o menos explícitamente, con más o menos cuidado, se me ha desprestigiado y vilipendiado. Y así, totalmente roto, tuve que meterme 14 horas de vuelo de Buenos Aires a Milán, 5 de espera en Milán, y casi un par de horas hasta Barcelona. Lllegé el domingo 10 a mi casa totalmente roto, en todos los sentidos. Los peores presagios, aquello que consideraba casi imposible que sucediera, me estaba ocurriendo... ¿qué debía hacer ahora?

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