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24.05.2007

De la verdad y de lo otro, caso Tenerife

TODO comportamiento humano se define por sus consecuencias. Trabajamos para poder ganar un sueldo con el que pagar aquello que creemos necesitar. Somos amables porque deseamos que los demás nos correspondan. Un médico intenta sanar a los enfermos con los que se encuentra, mientras que un fontanero agarra con decisión su llave inglesa, dispuesto a resolver la avería en la cañería. Eso es así porque está establecido que esos comportamientos son los que podemos esperar de ellos.

El periodismo, este mismo periódico, tiene la función, el objeto, la necesidad –para justificar su propia existencia– de informar, dar a conocer, del modo más imparcial, completo y contrastado, lo que ocurre en el pequeño mundo en el que vivimos. Pero, en ocasiones, esto no es así. En ocasiones un medio de comunicación no informa, no contrasta, no da a conocer un hecho de modo completo, sino de forma parcial y sin contraste.

Esto tiene dos consecuencias inmediatas. La primera es que el acontecimiento no llega al lector, puesto que, al faltarle versos, el poema se hace ininteligible. La segunda consecuencia inmediata es que el objeto para el que está definido el medio de comunicación y que todos, sin necesidad de que esté escrito en ningún lugar, damos por sentado, se tuerce. Ya no podemos hablar de información, ya no podemos pensar que lo que allí se recoge es un relato de lo acontecido. Ya no se está escribiendo un periódico, ni se está dando una información a un teleespectador.

Aun lo anterior, el axioma de que todo comportamiento humano se define por sus consecuencias no deja de ser cierto. Con estas acciones también se busca algo, se pretende lograr un objetivo o alcanzar una meta. Habitualmente, averiguar cuál es lo complicado. En las dos últimas semanas hemos sido testigos del tratamiento que se le ha dado al asunto acontecido en Tenerife, en el cual una juez ha retirado la guarda y custodia de dos menores a su madre, entregándosela a su padre. Todos hemos podido ver cómo los medios insistían en recoger el escándalo que les producía el hecho de que el padre había sido acusado de abusar de las niñas, llevándose las manos a la cabeza ante semejante decisión judicial.

Pero nadie, o casi nadie, ha recogido la esencia de tal fallo. La Juzgadora ha sostenido su decisión en el hecho de que la madre había inculcado en las menores esa falsa creencia en los últimos seis años, educándolas para que rechazaran a su padre – y con él a toda su familia–, en un deseo de manipular sus afectos, hasta lograr que esas falsas memorias estuvieran inscritas en sus memorias a fuego. Nadie, o casi nadie, ha dejado recogido que los servicios psicológicos del Juzgado de Familia y, más tarde, del Juzgado de Violencia contra la Mujer, habían emitido varios informes en los últimos cinco años aludiendo a que las menores padecían un Síndrome de Alienación Parental, es decir, un proceso de adoctrinamiento, por parte de la madre y su entorno, para que rechazaran a su padre. Nadie, o casi nadie, ha insistido  –al menos con la misma intensidad con la que se ha hecho con la acusación de abusos sexuales– en que el Tribunal Constitucional conoció –y archivó– la denuncia y que la señora ha acumulado ocho sentencias por incumplimiento del régimen de visitas.

Dar una información sesgada, como todo comportamiento humano, tiene su objetivo. A los que informan con verdades a medias deben ustedes preguntarles qué buscan. De momento han conseguido que esas menores sufran aún más, tras siete años de calvario judicial, de lo que ya su madre les ha hecho pasar. Tal vez deseaban presionar a otros jueces para que no se atrevan a tomar ciertas decisiones, bajo pena de ser motivo de escarnio en la picota de la pantalla del televisor, como le ha ocurrido a la juzgadora de Tenerife.

El asunto es que la televisión, ese invitado a comer, sestear o entretener a los hijos, ha demostrado una vez más que sólo le importan la banalidad y el espectáculo. Luego vendrán los cánticos huecos de los que claman por la posibilidad que el medio tiene para educar al ciudadano, para denunciar hechos injustos, para formar criterio. Teniendo alternativas ella ha elegido la vulgaridad, la superficialidad y el morbo. Que nadie venga luego con lamentos.

Al escribir esto me acuerdo de Félix Bayón, un amigo del que no pude disfrutar suficiente, fulminado por un corazón que ya tenía prestado. Un hombre que informaba y así, todos, sabíamos qué podíamos esperar de él y de lo que contaba

José Manuel Aguilar, Psicólogo forense

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