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Colectivos de separados, psicólogos, abogados y jueces debaten las ventajas y los problemas de la custodia compartida y reclaman «mejoras» en la mediación familiar.
UNA NUEVA REALIDAD Fecha: la nueva ley de divorcio entró en vigor el pasado 10 de julio, sustituyendo a la que existía desde 1981.
Cambios: acelera el proceso de separación, elimina sus causas, permite compartir el abogado y, si hay niños, regula las sentencias de custodia compartida.
Cifras: en 2003 (último año que figura en los registros del INE) se produjeron 126.000 rupturas. La cifra se suma al millón y medio de parejas que han pasado por los tribunales desde que se proclamó la primera ley del divorcio. Casi un millón de niños viven las consecuencias de esta realidad.
Cuando los hijos forman parte de la disputa Legislar la negociación entre los progenitores Más rápido y barato pero, también, más polémico y controvertido. El nuevo 'divorcio exprés' agiliza los trámites de ruptura y reduce significativamente sus costes. Sin embargo, para algunos, deja «muchos cabos sueltos» en lo que tiene que ver con la custodia y el cuidado de los hijos. Acabada una relación, ¿quién debe quedarse con los niños? ¿Cómo se debe repartir el tiempo? ¿Qué es mejor para los chavales? Estas preguntas, tan duras como frecuentes en los juzgados, no siempre tienen fácil solución.
La nueva ley del divorcio -que el miércoles pasado cumplió su primer mes en vigor- contempla la custodia compartida como una alternativa y una respuesta a tales interrogantes. No obstante, algunos la discuten porque «pasa por el tema de puntillas» y otros, directamente, debaten la idea de dividir el cuidado de los hijos en términos de igualdad, máxime «si los miembros de la pareja no se llevan bien». En lo que sí coinciden los distintos colectivos, juristas y psicólogos es en que la legislación «no resuelve los problemas de las parejas con hijos» y «olvida hacer énfasis en la mediación familiar», una figura que todos perciben como «fundamental».
«Se ha hecho mucho ruido para no adelantar nada», zanja Isidro Fresneda, portavoz de la Plataforma por la Custodia Compartida. «La posibilidad de distribuir el cuidado de los hijos no es ninguna novedad, ya existía desde antes. Pero, ahora, la ley reclama unos requisitos que sólo se dan en el 'País de las Maravillas' -agrega-. Hay un sinfín de triquiñuelas legales que atentan contra un derecho fundamental de los niños: disfrutar de sus padres. De ambos y por igual».
Para los defensores de la custodia compartida, «es imprescindible equilibrar los derechos», lo que supone «apartar a los niños de la contienda sin alejarlos de sus padres». «¿Cómo se le puede prohibir a alguien que esté con sus hijos?», pregunta Fresneda. La abogada matrimonialista Rosa Pérez-Villar, integrante de la Asociación de Mujeres Juristas Themis, ofrece una respuesta. «Para compartir el cuidado de los hijos tiene que haber un diálogo fuido, y eso, en muchos casos, no existe. La comunicación es imposible en los procesos contenciosos. Por eso, estamos absolutamente en contra de compartir la custodia».
Según el razonamiento de la abogada, «hasta las cosas más nimias, como llevar al chaval al dentista, exigen ponerse de acuerdo en algo» y esa situación, «desgraciadamente, no suele ocurrir». A su entender, esta es la principal dificultad que entraña dividir los tiempos y las responsabilidades, pero no la única. Hay «otras cuestiones prácticas que se deben resolver». Por ejemplo, «la vivienda, el colegio y los periodos en que ese niño vivirá con cada uno de sus padres».
De casa a casa
Uno de los argumentos más duros que se esgrimen para debatir este régimen tiene que ver con la residencia del chaval, pues, básicamente, hay dos caminos y, según Rosa Pérez-Villar, «ambos son discutibles». Una de las posibilidades es que el niño viva, alternativamente, en la casa de su madre y en la de su padre, trasladándose de una a otra cada cierto tiempo. «Algo que obliga a los padres a vivir cerca, y al chaval a hacer una vida itinerante. Aun así, muchas veces acaban cambiando de colegio, de barrio e, incluso, de ciudad y de provincia», manifiesta la letrada.
La otra vía es que el pequeño permanezca en el domicilio familiar original y sean sus padres quienes se turnen para vivir en él. «Esto exige mantener tres pisos y, además, corta todas las posibilidades de rehacer una vida y formar una nueva pareja -argumenta Pérez-Villar-. Está claro que éste es un régimen para ricos porque el español medio no se lo puede permitir». A juicio de la abogada y de la institución que representa, «la custodia compartida es una utopía».
Lo sea o no, cabe aquí formular otra pregunta: ¿Es verdaderamente dañino hacer una «vida itinerante»? Y si lo es, ¿en qué medida? El psicólogo José Manuel Aguilar reflexiona: «Una custodia compartida es un traje a medida porque se puede ajustar. Decir que los niños se transforman en 'maletitas' es una estupidez. Su vida no cambiará más que la del hijo de un diplomático o de un guardia civil, que cada dos años están mudándose de casa, de ciudad y de país», afirma.
Coincide Isidro Fresneda en que «la vida itinerante de los chavales se produce ahora más que nunca» porque «quien tiene la custodia se los lleva a vivir adonde quiere sin que el otro pueda hacer nada al respecto». El mayor problema es que, «si se van fuera de España, es imposible que el padre pueda ejercer su legítimo derecho a disfrutar de las visitas», añade el portavoz de la Plataforma por la Custodia Compartida. Y no duda en destacar que, «aunque parezca un ejemplo extremista, no es una excepción».
No obstante, y pese a sostener la importancia de repartir las responsabilidades, Fresneda reconoce que «los niños tienen derecho a la estabilidad» y que, cuando los padres viven en ciudades muy distantes entre sí, «obligar al chaval a cambiar continuamente de comunidad y de colegio es una aberración». Aunque, a su juicio, siempre será «preferible que se aleje de sus amigos a que pierda a uno de sus padres».
El antropólogo social José María Espada Calpe discrepa. «Las asociaciones de padres separados y divorciados insisten, desde un punto de vista conservador, en que los menores necesitan un padre y una madre. Pero, en realidad, la necesidad no pasa por tener modelos masculinos o femeninos, sino por tener afecto y vínculos». Desde la perspectiva de los roles, apostilla, «la custodia compartida no se puede defender».
Tanto este especialista como la abogada Pérez-Villar remarcan que el sistema actual de visitas no es malo. «Hay algunos que son bastante amplios y flexibles, y el hecho de que uno de los padres deba asumir el papel de 'visitante' no supone relegarle en absoluto», dice la letrada. Pero el Defensor del Menor, Pedro Núñez Morgades, disiente de ella.
Vencedores y visitantes
«Es verdad que se mantiene un modelo machista en el que las mujeres asumen el rol de la custodia. Y también es cierto que los jueces no pueden romper el orden social de la noche a la mañana. Pero un régimen de visitas cada quince días tampoco es bueno -afirma-. Primero, porque los hijos deben estar el máximo tiempo posible con ambos progenitores y, en segundo lugar, porque con el sistema actual siempre hay uno que queda como 'victorioso' y otro que juega de 'visitante'».
Quien sí rompió algunos esquemas es Vicente Ortega Llorca, el juez que sentenció la primera custodia compartida de España, hace ya diez años. «Cada uno de los padres reclamaba para sí mismo la custodia del niño -recuerda el magistrado-. Pero en el tribunal pensamos que una visita de fines de semana es algo irreal: la relación filial es permanente, no ocasional». La pareja recibió la sentencia con tanto «escándalo» que recurrió al Tribunal Constitucional «sin suerte, y tuvo que acatar la decisión». Años después, en la puerta del juzgado, un muchacho se le acercó para darle las gracias por aquel veredicto. «Tenía dieciocho años». Y era el hijo de aquella pareja.
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