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No puede ser más revelador que Zapatero a petición de organizaciones feministas, les prometa que apoyará sus reivindicaciones respecto a la limitación de la custodia compartida, en los últimos trámites parlamentarios. La denominación custodia compartida, no es más que la expresión semántica de la reclamación de la paternidad hurtada por los tribunales de justicia desde 1981, so pretexto de la Ley Ordoñez, que materializa que un padre sólo tenga derecho a ver a sus propios hijos cada dos fines de semana.
La igualdad de derechos y deberes proclamada por Rajoy en una reforma del Código Civil, no ha sido debidamente ordenada a los diputados que lidera, ya que sus propuestas, aunque sí positivas en cuanto a la mediación familiar obligatoria cuando existen hijos menores, no se ven reflejadas en ninguna de sus enmiendas.
Es un hecho que el negocio jurídico del divorcio se autoalimenta si la igualdad de derechos se enmascara en el supuesto "interés del menor", principio que garantiza a quién tiene al niño, no sólo que lleve el pan bajo el brazo, sino que lleve casa y pensión, como acertadamente expone el presidente de la Asociación de abogados de familia, Luis Zarraluqui. Pero no sólo es que la ruina moral y económica de un padre sea, con toda probabilidad, la ruina emocional y psíquica del hijo, sino que este hecho suficientemente conocido por todos, incluidos los políticos, se pretende emborronar a la opinión pública con la imagen del "niño maleta" que genera la llamada custodia compartida.
La viña del Señor es grande, y las soluciones entre los hombres todo lo amplias que se quieran: desde un ciclo escolar con papá y el otro con mamá, hasta intercambios anuales, debidamente programados por expertos en pedagogía más que en psicología. La paternidad es don inviolable dado para los católicos, y un derecho natural para todos en general, que no puede violar y destruir un invento jurídico llamado divorcio de pésima resolución, como demuestran los hechos.
Los hijos tienen y deben tener el mismo contacto, protección, educación, afecto y comprensión, tanto de su padre como de su madre; esto el Estado no sólo no lo protege, sino que perpetúa tales agravios a través de los tribunales.
Los niños son el futuro. La responsabilidad de quienes truncan su estabilidad permanece en ellos. La culpabilidad para un hijo, no recaerá a corto plazo en el progenitor que por su acción genera tal separación del otro -siempre será su madre o padre-, sino en aquellos que con sus intervenciones perpetúan tal caótica relación paterno-filial.
LIBRE PENSADORES |